sábado, 30 de junio de 2018


ARRABAL

Todo quedó bajo escombros
pero salva la memoria el recuerdo
de los geranios en las calles
y las casas siempre abiertas ofreciendo  
un vaso de agua, un trozo de chocolate
o el último capítulo de “Barrio Sésamo”.

Quedan aún lo olores del carbón
y el cuerpo de mi abuela doblado
en aquella cocina a la que me estaba prohibido
acercarme.
Siento en mis piernas el agradable calor del brasero
y las mil excusas para no moverme de allí.

Y también están los niños. Los niños que llevaban
una caja de puros en lugar de un estuche.
Los niños con mocos y rodillas sucias
y una explanada convertida en selva
y el escondite bajo la piedra marrón y blanca
que guardaba nuestras canicas y cromos.
Entonces, todo era de todos.

Queda el recuerdo de la caja de zapatos
que hacía magia y convertía
gusanos en mariposas
y la búsqueda de la morera
y la impaciencia
y también la decepción:
nunca aquellas mariposas
tenían el colorido esperado
y pese a eso repetíamos el milagro
año tras año.
Quizá esta vez…

Después llegó el Gobierno con sus reformas
y una casa nueva con bañera
y calefacción, aunque muchos jamás
pudieron encenderla. Artículo de lujo.

Llegó entonces el frío del portal,
las habitaciones cerradas,
los geranios protestando en una pequeña terraza
sin espacio ya para gusanos
ni explanada para selva.

Quizá para los adultos
fue el mayor regalo de sus vidas,
pero a nosotros, los niños,
nos robaron la libertad de las calles
sin asfaltar y las puertas sin cerrojo
y los vecinos-familia
y quedó tan solo
este soñar constante
con mi casa de la infancia.

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