miércoles, 13 de julio de 2016

El abuelo

El abuelo cumplía noventa años.
En la casa todo estaba listo para la gran celebración. Incomprensiblemente ese año el abuelo había pedido expresamente un vino joven, joven, porque así decía sentirse él.
En la cocina Andrés, el hijo mayor, había catado el vino para asegurarse, para no estropear la velada y escuchar los innumerables reproches del padre. Un hombre serio, recio, distante.
Algo no iba bien. El vino presentaba un perfecto color granate sostenido y púrpura pero el aroma no era el esperado. No se percibía el olor afrutado. Se puso nervioso, sabía lo que sucedería, lo de siempre: las mismas miradas esquivas, la tensión en el ambiente, las ganas de salir de allí y no volver a esas odiosas comidas familiares. Pensó entonces que el padre envejecido y sin apenas poder levantarse de su viejo sillón, podía no percibir el sabor, no darse cuenta.
Llegó el momento. El vino fue vertido en el decantador, servido en la copa del abuelo. Este olió, cató y sonrió.

-  Excelente. No hay nada mejor que un buen vino joven. Gracias a todos por venir.

Andrés sonrió y pensó que su padre definitivamente estaba acabado. Pero cuando todos apartaron sus ojos de él y comenzó el ruidoso brotar de conversaciones, el abuelo devolvió al decantador el vino de su copa. Alzó la vista y vio a Irene, su bisnieta de doce años, observándolo asustada. Él la miró, sonrió cómplice y le guiñó un ojo. Ella echó a correr.

Ya en la cama Irene se acercó a su madre y le susurró al oído:

-  ¿Sabes un secreto? El abuelo, al igual que el vino, mejoró con los años.

jueves, 12 de mayo de 2016

EL PESO DE LO NO VIVIDO

Un atasco puede servir para muchas cosas: escuchar de principio a fin ese disco que tanto te gusta, organizar la semana, poner en orden pensamientos rebeldes, contarte las arrugas en el retrovisor...
En el coche de al lado un hombre con cara de domingo solitario bosteza cansancio y rutina, mientras, en el asiento de atrás, su hijo juega con un pompero.
De vez en cuando una pompa bicolor explota en la cabeza del padre haciéndole cambiar la expresión.
Es un cambio leve, una pequeña queja, como pincharse con un alfiler.
Quizá cada pompa sea un sueño 
que no se atrevió a vivir. 

martes, 15 de diciembre de 2015

PARA QUÉ LA POESÍA

Viene cada mañana una muchacha de pelo lacio, mirada ausente y tez tan blanca como estas paredes.
Lleva un abrigo marrón de pana, un gorro morado y un bolso de tela adornado con una flor amarilla cruzado sobre su cuerpo, que a simple vista, parece frágil.

Camina lenta, casi arrastrando los pies, como el que sabe el camino de memoria pero se resigna a andarlo.
Apenas saluda con un imperceptible “Buenos días”, agacha la mirada y abre la puerta de la habitación 310.

Día tras día, desde hace dos meses, esa joven se sienta junto a una mujer que ronda los cincuenta. Le besa la cara, le dice lo guapa que está esa mañana, levanta las persianas y bromea sobre el tiempo. Sobre la posibilidad de ir juntas a Lanzarote, donde seguro no llueve, o visitar otra vez Roma, porque una nunca se cansa de volver a Roma.

Después saca un libro de poemas que yo no reconozco, porque nunca entendí o tuve sensibilidad para la poesía.
Hasta ahora, hasta estos días en los que esa joven que abandona la tristeza en el pasillo antes de entrar, lee poemas a esa mujer ausente que anda perdida en no sabemos dónde, ni hasta cuándo, ni por qué, en una especie de macabra muerte anticipada.

Y que yo escucho mientras hago que recojo, mientras hago que barro, mientras hago que limpio lo limpiado y siento que revivo, o vivo lo no vivido, en esta aséptica habitación 310.


martes, 30 de septiembre de 2014

La suerte y sus caprichos

Porque hay días con suerte
hoy encontraste las llaves
en la inmensidad de tu bolso
y pudiste escapar a tiempo
del vecino del quinto,
además, al llegar a Blasco de Garay,
un milagroso hueco te esperaba
y pudiste aparcar a la primera.
No sólo eso: en el mostrador,
un suculento pincho de tortilla,
el último,
esperaba tu bocado
de lunes hambriento.
No hubo atasco de vuelta
y, al encender la tele,
tu película preferida,
sin cortes publicitarios,
te daba la bienvenida al hogar.
Resumiendo:
se puede decir que tuviste
un día de suerte.
Acuérdate de él mañana,
cuando nada de esto
ocurra.

martes, 16 de septiembre de 2014

Ausencias

He recorrido años, otras ciudades,
he sentido el vértigo de varios precipicios,
anduve otras tierras, soñé otras lunas.
He vivido sin ti todo este tiempo.
Otros llenaron de besos y palabras mi alacena;
a otros amé, olvidé,
me amaron, olvidaron...
ya sabes cómo es esto.

Y pese a todo, pese a este reloj
que avanza por segundos 
que de repente son años,
siempre hubo un momento
en aquella terraza en Nápoles,
en algún paseo frente al mar,
en aquel inolvidable concierto
o en un mirar la lluvia tras el cristal,
en el que me acordaba de ti
y te imaginaba allí,
en esos pequeños instantes
en los que nunca estuviste.

domingo, 31 de agosto de 2014

Abuela

Mi abuela nunca soñaba
con otra vida posible,
al menos no en voz alta.
Parecía hecha de un material anti-grietas,
un perfecto y noble material
que sólo rezumaba ternura.
Mi abuela abrazaba y olía a hierbabuena,
a cocido y a casa,
a refugio,
a la tibieza del hogar,
esa que nos pone a salvo.
Sólo cuando el Alzheimer llegó
la oí soñar,
jugaba a ser enfermera
y hablaba de un tal Luis
al que ninguno conocíamos,
uno de esos amores eternos
(que lo son porque no fueron,
supongo).
Sacudiendo su ceñida educación de pueblo,
tan oscura, tan de existir sólo para otros
sin olvidarse de dar gracias a Dios,
comenzó a ser ella.

En lo que parecía locura
creo que se encontró
y fue feliz viviendo
lo que no vivió.


Imagen tomada de pixabay.com

miércoles, 9 de julio de 2014

Lo que sé y lo que no

No sé por qué los caramelos de alegría 
se convierten a veces en patatas rancias,
ni por qué la fuerza de la gravedad 
a veces falla conmigo
y salgo disparada a años luz de ti, de mí.
Ignoro además por qué armo muros 
a mi alrededor 
y después yo misma los derribo.
No sé cómo explicar 
que escribo poemas tristes cuando sonrío 
y viceversa.
No sé,
pero sé
que me gusta levantar la primavera mirando tus ojos,
escuchar tus compases cuando la casa queda en silencio,
atrasar el reloj, pararlo, enterrarlo.
Enlazar tus miedos con los míos 

y meterlos dentro de un caracol,
olvidar el claroscuro e instalarme 

en el nido de una urraca,
ponerle música a esta ciudad y bailar 

aunque no sea festivo.
Sé que quiero explorar tus rincones,

estrenar una plaza sin esquinas,
llenar globos con tu voz y explotarlos 

en las noches de insomnio.
Porque, aunque a veces no lo parezca,
lo sé.