martes, 15 de diciembre de 2015

PARA QUÉ LA POESÍA

Viene cada mañana una muchacha de pelo lacio, mirada ausente y tez tan blanca como estas paredes.
Lleva un abrigo marrón de pana, un gorro morado y un bolso de tela adornado con una flor amarilla cruzado sobre su cuerpo, que a simple vista, parece frágil.

Camina lenta, casi arrastrando los pies, como el que sabe el camino de memoria pero se resigna a andarlo.
Apenas saluda con un imperceptible “Buenos días”, agacha la mirada y abre la puerta de la habitación 310.

Día tras día, desde hace dos meses, esa joven se sienta junto a una mujer que ronda los cincuenta. Le besa la cara, le dice lo guapa que está esa mañana, levanta las persianas y bromea sobre el tiempo. Sobre la posibilidad de ir juntas a Lanzarote, donde seguro no llueve, o visitar otra vez Roma, porque una nunca se cansa de volver a Roma.

Después saca un libro de poemas que yo no reconozco, porque nunca entendí o tuve sensibilidad para la poesía.
Hasta ahora, hasta estos días en los que esa joven que abandona la tristeza en el pasillo antes de entrar, lee poemas a esa mujer ausente que anda perdida en no sabemos dónde, ni hasta cuándo, ni por qué, en una especie de macabra muerte anticipada.

Y que yo escucho mientras hago que recojo, mientras hago que barro, mientras hago que limpio lo limpiado y siento que revivo, o vivo lo no vivido, en esta aséptica habitación 310.