miércoles, 13 de julio de 2016


Mi abuela nunca verá 
a la mujer en que me he convertido.
No podré decirle 
que cuando me recojo el pelo
recuerdo sus tirones 
intentando domesticar 
la rebeldía de mi cabeza.
No sabrá que he vuelto a hacer punto,
que choco las agujas 
en interminables bufandas 
para abrigar ausencias. 
Mi abuela no sabrá 
que ya no lleno mi cuerpo de tiritas
para cubrir falsas heridas,
que las heridas de ahora 
se esconden bajo musgo 
en lugares en los que no llega la luz.
Mi abuela no leerá nunca 
ninguno de estos poemas 
escritos en tardes de nostalgias 
ni sonreirá al verme llegar 
cogida de tu mano.
Mi abuela no podrá ya conocerte
y yo no podré ver 
cómo bajas la mirada hacia el mantel
intentando ocultar tu timidez.
Pero sé que al despedirnos
sus manos de pan y albahaca 
apretarían fuertemente las mías 
para decirme sin palabras:
"Me gusta".





Aquí os dejo algunos enlaces en los que podéis encontrar mi libro "Palabras para salvarse" Ed. Huerga & Fierro.


http://www.uncuartopropio.com/tienda/poesia/palabras-para-salvarse/

https://www.amazon.es/PALABRAS-PARA-SALVARSE-POES%C3%8DA-ZAPATA/dp/8494403273

https://www.elcorteingles.es/libros/A15481175-palabras-para-salvarse-tapa-blanda-9788494403279/

http://www.iberlibro.com/PALABRAS-SALVARSE-ZAPATA-HUERGA-FIERRO-EDITORES/16423788836/bd

http://www.agapea.com/libros/Palabras-para-salvarse-9788494403279-i.htm

http://www.elkar.eus/en/liburu_fitxa/palabras-para-salvarse/zapata-sara/9788494403279







MOSAICO

A veces hay que romperse,
caer de bruces entre sueños
de algodón cortante.
A veces algo empuja
y el alma disciplinada se inquieta
mientras tus pies
dejan de caminar por inercia,
se ponen en huelga,
te obligan a hacer un alto en el camino.
Y da igual si quieres o no,
el crujido te despierta
y ya no hay forma de acallar al lobo.
"Di tu palabra y rómpete"
decía el filósofo,
pues mejor ser vivo mosaico de retales
que pieza muerta de museo.
ESTO QUE NOS PASA A LOS CUARENTA

Encontrarse rondando los cuarenta
no es lo mismo que hacerlo a los veinte.
Cada uno viene con su maleta,
su montón de pulgas
y un sinfín de cicatrices
que nos recuerdan ese terrible verso
que decía "Que la vida iba en serio...".
Ya nos sobran razones
para cambiar los anillos por regalices,
para apostarlo todo a ese número
que ya sabemos,
siempre se escapa del bombo.
Nos sobran motivos
para escapar de hipotecas
e instalarnos en el ala de un sombrero,
para esconder las apariencias
y mirarnos las costuras.
Ahora que nos hallamos
en esta mitad siendo completos incompletos,
y tú me besas las pesadillas
y yo te lavo las decepciones,
ahora sé
que sólo, aquí y ahora,
pero mejor

contigo.

ESE MALDITO CABRÓN

Le pido al tiempo que se frene.
Una tregua, un café con hielo,
una pausa en sombra de un día,
un andar de caracol sin estela.

Le pido al tiempo que se pare,
que espere que me recomponga el pelo,
que enderece la postura,
que me dé tiempo a mirar al señor de la Gran Vía
que limpia los zapatos
para que otros brillen en su mugre.

Le pido al tiempo que no corra,
pero tiene siempre esa manía
de que la fruta se pudra
antes de darme el placer
de llevármela a la boca.

Le pido al tiempo que se detenga
para saber si hago memoria u olvido,
para fregar los platos
con la plena consciencia de saber
que friego los platos.

Pero el tiempo no escucha,
insolente y ufano me mira de reojo
y me susurra con sorna:

"Tarde, llegas, tarde".
ENGAÑO

Para engañar a la tristeza,
esa vieja zorra que duerme en los soportales de nuestros días,
hemos inventado la algarabía de los viernes,
la sonrisa Prozac frente al televisor,
la guarida de promesas donde esconder anfibios sueños,
apuntalada esperanza sobre castillos de naipes,
o un paisaje inventado entre tus muslos.

Sin embargo siempre termina apareciendo
entre el silencio de las copas cubiertas de polvo,
colándose por el angosto pasillo de tus cejas,
o exprimiendo el zumo amargo de las mañanas. 


Es astuta y rápida la tristeza.
Con el tiempo se aprende
a acariciar su pelaje
como antídoto contra su mordedura.
EN LA PUNTA DE TU DEDO

Tenemos el mundo al alcance de nuestro dedo.
Con sólo moverlo por la pantalla 
de uno de esos móviles inteligentes
podemos cocinar cualquier plato vietnamita, 
encontrar un truco para terminar con las cucarachas,
fabricar una incubadora,
viajar a Marte... 
Pero esta noche quiero poco ruido y muchas nueces.
Esta noche quiero que olvides 
tus lecciones de bricolaje,
la lista de faraones del Alto y Bajo Egipto,
el arte posmoderno, 
la astrología y el Renacimiento alemán. 
Esta noche quiero que centres tu sabiduría 
en esa parte de mí que ya conoces.
Esta noche quiero que me tengas
y sostengas,
en la punta de tu dedo. 
EL DESPUÉS

El problema no es confundirse
ni apostarlo todo al número equivocado,
pues eso es estar vivo.
No es tampoco abrir una puerta y encontrarla tapiada,
ni creer en el mañana cuando ni siquiera hay ahora.
El problema es perder la esperanza,
volver más viejo del camino,
la tristeza convertida en piel,
el fracaso para desayunar,
la decepción dándote los buenos días.
El problema es que la vida te cambie demasiado.
El problema, el gran problema,

es volver a empezar siendo el que se era.
El abuelo

El abuelo cumplía noventa años.
En la casa todo estaba listo para la gran celebración. Incomprensiblemente ese año el abuelo había pedido expresamente un vino joven, joven, porque así decía sentirse él.
En la cocina Andrés, el hijo mayor, había catado el vino para asegurarse, para no estropear la velada y escuchar los innumerables reproches del padre. Un hombre serio, recio, distante.
Algo no iba bien. El vino presentaba un perfecto color granate sostenido y púrpura pero el aroma no era el esperado. No se percibía el olor afrutado. Se puso nervioso, sabía lo que sucedería, lo de siempre: las mismas miradas esquivas, la tensión en el ambiente, las ganas de salir de allí y no volver a esas odiosas comidas familiares. Pensó entonces que el padre envejecido y sin apenas poder levantarse de su viejo sillón, podía no percibir el sabor, no darse cuenta.
Llegó el momento. El vino fue vertido en el decantador, servido en la copa del abuelo. Este olió, cató y sonrió.

-  Excelente. No hay nada mejor que un buen vino joven. Gracias a todos por venir.

Andrés sonrió y pensó que su padre definitivamente estaba acabado. Pero cuando todos apartaron sus ojos de él y comenzó el ruidoso brotar de conversaciones, el abuelo devolvió al decantador el vino de su copa. Alzó la vista y vio a Irene, su bisnieta de doce años, observándolo asustada. Él la miró, sonrió cómplice y le guiñó un ojo. Ella echó a correr.

Ya en la cama Irene se acercó a su madre y le susurró al oído:

-  ¿Sabes un secreto? El abuelo, al igual que el vino, mejoró con los años.
Aprovechando estos días de vacaciones me propongo actualizar el blog con algunos poemas que he ido compartiendo en Facebook. 
Espero los disfruten.
Aquí va el primero. 

CÍCLICO

Hay tristezas y soledades acumuladas
como nieve en las cumbres.
A veces se derriten y el río se las lleva.
Entonces sonreímos
pensando que ganamos la batalla,
pero ya saben lo que ocurre con el agua.
Una mañana despiertas
y te encuentras todo como estaba,
como antes del deshielo,
como antes de creer torpemente
en el calor de tus posibilidades.



domingo, 10 de julio de 2016

PUDIMOS

El agua que nos dieron de beber 
estaba envenenada,
como lo estaban el aire,
la luz y el pan, cuando aún era trigo.
Pudimos ver crecer las adelfas,
oler a miles de kilómetros la avaricia y su guadaña,
sentir la burla entre los dientes
o la daga acercándose antes, mucho antes.
Pudimos...
Pero preferimos el mirto y el espliego,
la esperanza y la misericordia,
la butaca frente al olvido,
el cálido susurro,
la leve queja.